miércoles, 22 de octubre de 2008

TE RECUERDO AMANDA


Te recuerdo Amanda

Como con una coraza, Amanda Jara se alejó del mundo para evitar las presiones y las etiquetas. En la caleta donde se refugió y se enamoró de un pescador, con el que vive hace 15 años. Pero aquí muestra que esto no es idílico, sino duro como en todos lados. a regañadientes, abre la puerta de su casa y de su pena. Debe ser complicado llamarse Amanda y ser la única hija de Víctor Jara. Porque si ya es difícil ser hija de famoso, de cualquier famoso, mucho más difícil todavía es cuando el famoso era un cantautor revolucionario cuyos cantos e himnos envolvieron la épica de la Unidad Popular, y a quien después del golpe militar le quebraron las manos en el Estadio Chile y lo mataron mientras lo obligaban a cantar.

Entonces, deja de ser un famoso y se transforma en un mártir, y luego en un héroe. Y su canto, muy especialmente el "Te recuerdo Amanda", se desliza por el mundo, amarrando con un hilo de oro la leyenda de Víctor Jara, y con él la del pueblo chileno acallado por la dictadura militar.
Entonces su hija, que en ese momento tenía 9 años y que vio cómo el dolor penetró por las puertas de una casa que recuerda tan alegre, se va exiliada a Londres con su madre inglesa, Joan Turner ­la única señora de Víctor Jara­ y su media hermana, Manuela Bunster. Allá se quedan 10 años, donde crecen, se incorporan en organizaciones de Derechos Humanos, aprenden un inglés como el de la Reina Isabel, terminan el colegio, y deciden volver a Chile en 1983, cuando Amanda iba a cumplir los 20 años.

Volvieron a su casa en Colón arriba, donde habían vivido, pero Amanda no logró adaptarse a Santiago. Estudió Comunicaciones y luego Bellas Artes, pero no terminó ninguna carrera. Trabajó como productora en cine y publicidad, ahorró unos pesos, y el día menos pensado se marchó a una caleta de pescadores, cerca de Valparaíso. Tiene varias razones para haber dejado Santiago, y deben ser ciertas. No resistió ni los favores ni los odios que suscitaba el hecho de ser hija de una leyenda. Era demasiado lo que se esperaba de ella en los mundos del Partido Comunista y de la oposición al régimen militar; y eran demasiado los prejuicios con que se la veía en los cócteles elegantes. Tuvo un gran amor que se frustró. Vivió en el límite, hasta que en 1990 se escondió en Quintay.

En un sitio de mil 500 metros que habían comprado con su madre frente a un roquerío y a la playa grande, se instaló a pintar y a trabajar la tierra.

Fue muy difícil encontrarla. Y más difícil que aceptara conversar. Pero cuando finalmente abre el portón de este sitio encaramado en el cerro, donde hay tres casitas de madera entre los árboles, plantas, flores, redes de pescadores colgando, perros amistosos que levantan polvo, un parrón desordenado, un auto viejo y una pequeña huerta, Amanda resulta ser una mujer acogedora y cálida. Tiene 40 años que no representa, y tiene la piel curtida por el sol. Es una campesina, joven y ágil, con manos duras y dedos cortos. No es alta, y parece ser fuerte. Es cierto lo que escribe su madre en el libro sobre su marido que también recorrió el mundo, "tiene la misma sonrisa de Víctor". Pero tiene un colorido más rubio, en los ojos verdosos y en el pelo castaño.

En una de las casitas de madera, Amanda vive con Nego, un pescador nacido allí. Él está en la terraza que mira a la playa grande, cosiendo su traje de buzo. Saluda con placidez, sin euforia. Habla poco, tiene 39 años y cursó hasta sexto básico. Ella inunda la casa con opiniones y atenciones. Muele café y lo sirve en tazones pequeños. Unas jaibas recién sacadas por Nego esperan para la cena.
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Nada está muy limpio aquí, porque el aseo lo hago yo y hay mucha tierra.

Se ríe de sí misma con facilidad. Nos sentamos en una mesa debajo del parrón y volvemos atrás en el tiempo.
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En Londres, desde 1973, mi mamá se reinventó. Yo no, porque no estaba muy inventada. A los 9 años uno tiene mucho que absorber. Pero mi mamá era bailarina, con gran vocación de profesora de danza, y tuvo que dejarlo todo y cambiar, y ser vocera de una causa. Lo que pasa es que somos hartos... Porque hay muchos Víctor, hay muchas personas detrás de todos los que asesinaron. Los hijos, los nietos, los primos, los padres... Mucha gente se tenía que armar. Lo digo en el sentido figurativo, porque era poder expresar esta injusticia, armarse frente a las cosas que nos sucedían. A nosotros nos pasó algo bastante brutal, por eso había que hacer un gesto, de corazón, de alma, de todo, para poder seguir adelante no más. Uno no se podía quedar sentada en los laureles, en ese tiempo. Ahora, con los años sí me he quedado sentada en los laureles... (Se ríe.)

Desde muy chica aprendí que hay que saber defenderse de las agresiones diarias que nos da la vida. Allá, mi mamá era la que iba a los distintos lugares; nosotros con mi hermana andábamos detrás.

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