viernes, 17 de abril de 2009

EL LOCO DE LOS CINCOS




































Yo sé que estoy piantao, piantao, piantao…
No ves que va la luna rodando por Callao;
que un corso de astronautas y niños con un vals,
me baila alrededor… ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!”

Balada para un Loco (Horacio Ferrer)

¡Hey Charlie! Decíme que estás bien bacán, que no tenés frío, y que los achumados de siempre no vinieron anoche a colocarte cigarrillos ordinarios en los dedos. Decíme que los intelectuales abacanados no han venido todavía a joderte con las cámaras de televisión, los discursos repetidos, y el cuento del festival del tango en tu homenaje y tales.

Con la puntualidad de siempre, este es quilombo que escucho desde mi ventana a las cinco de la mañana antes de que empiece el noticiero radial. Me he acostumbrado a la perorata del hombre que se esconde detrás de un árbol, y que “tiene medio melón por cabeza, las rayas de la camisa pintadas a la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano”. Una mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus como lo escribió Horacio Ferrer.

Es un loco lindo, es mi reloj despertador, aunque no sé si los demás vecinos lo sientan como propio, yo lo siento mío. Vivo solo, pero esto no me importa. Así también soy feliz. Nunca me preocupé por acoyarme y mucho menos por dejarme abrancar. No tengo perro que me ladre, voy y vengo como el viento, y cuando el loco me recuerda a Carlitos, lloro por las cosas que me gustaban y que ahora solo me conmueven.

¡Hey Charlie! Bajá de tu pedestal, no sigás embretado en tu porteña soledad. Mirá que si no tenés gomina, y no te para bolas una feba de la Cuarenta y Cinco, solo tenés que prender un faso de los que te dejan los borrachos que suben en primera cuando van a la casa pensando en la disculpa que le dirán a la percanta que los espera desde ayer en la catrera. Viejo, mantené la sonrisa de siempre, y ya. Te juro que si te sentís mal, vendré con un poema y un trombón viejo a desvelarte el corazón amigo Charlie, y perdoná si te falto el respeto y no te digo Don Carlos Gardel, pero es que yo a mis amigos los trato con confianza.

Son las seis de la mañana. Lo sé porque el Loco de los Cincos ha terminado de hablar con Carlitos, y el noticiero ha interrumpido para darle paso a la publicidad.

Afuera el estruendo metálico de los buses que suben y bajan, el humo y la polución que sale de sus tubos de escape, el grito destemplado del médico que arregla la depresión, los chismes alzados de la mujer que sale todos los días con una escoba a barrer el andén y a esperar con quien alacranear, los semáforos locos que dan tres luces celestes, las ofertas de muebles para pagar a crédito, las canciones que salen de la vitrola del bar que no cerró, el olor a manteca rancia que se desprende de la fritadora de pasteles, la humedad de los techos, el sonido que producen las puertas de las casas de empeño que esperan la llegada del parcero con el botín y las biyuyeras, el bullicio de muchachas que bajan presurosas para el colegio, las carreras de los varones que van para el laburo y al final los pasos largos de la secretaria que será recogida por su jefe en la esquina de la frutera donde las naranjas le tiran azahares al Loco de los Cincos.

La mañana sigue en el mismo lugar en el que la dejé cuando me fui a preparar el almuerzo y a escuchar el radioperiódico del medio día. No avanza, y por el sonido seco como de cabeza rota que entra por mi ventana, se que los bacanes están siguiendo la trayectoria interminable de una bola de billar, y es muy seguro que el lustrabotas con su baranda que espanta, les esté ofreciendo como todos los días, el betún que se necesita para que los tamangos luzcan como nuevos.
En los bares ya no hay malevos ni pillos. Ahora hay fajados.
Nada es igual en las calles del destino ingrato. Lo único que ha cambiado es la casa de Carlitos, aunque dicen por ahí que para el festival de tango de Medellín, le van a meter biyuya para que luzca como en sus mejores años.

Las seis de la tarde. Las edificaciones de la Avenida Oriental se adornan con sus mejores sombras y silencios, y los habitantes que esta mañana bajaron presurosos por la calle principal del barrio, suben cansados con sus historias bajo las pilchas. Yo no sufro de esos avatares. Mis sueños siguen intactos. Soy libre.

Las nueve de la noche. La radio anuncia un festival de tango para la gente linda, y yo pregunto sin poder hacer nada:

¿Acaso no tienen derecho a soñar con María de Buenos Aires y los adoquines de San Telmo los que se le trepan a la ternura de locos que hay en los locos, y en el Loco de los Cincos?

Silencio en la noche, ya todo está en calma, y desde mi ventana del barrio Manrique en Medellín, puedo ver a Carlitos embretado lejos de su Buenos Aires querido y de la niebla del riachuelo que lo amarró al recuerdo, lejos de los barcos carboneros que jamás van a zarpar, y de su Abasto donde aprendió a cantar para que se le escuchara mejor el día que sus ojos se cerraran y que el mundo siguiera andando. A pesar del frío sonríe como todas las estatuas. Tiene su gomina y luce sereno. Los borrachos le han llevado cigarros, y las viudas flores y peticiones escritas en papelitos que han dejado en las hendijas de los muros enrejados que lo rodean.

¡Hey Charlie! ¡Hey viejo Charlie! ¡Te vine a brillar las placas mijo, con este pañito nuevo! Vos sabés parcerín que conmigo no hay pierde, conmigo todo es a lo bien. Y si no había venido antes a darte la vueltica, es porque andan diciendo por ahí que van a recoger a los linyeras pa’ llevarlos al manicomio pa’ que no los vean los turistas que vienen a lo del festival. Pero fresco mi llave que estoy mosca, no me jaboneo. A mí no me pillan así de una. Viejo Charlie, así que salí a volar conmigo, subite a mi ilusión super-sport, y vamos a correr por las cornisas con una golondrina en el motor, y fresco mijo que yo lo traigo a su pedestal antes de que suba el primer bus pa’ que se pueda abrir a los amores y pueda recibir más tarde el homenaje del alcalde y del cónsul de Argentina, y si no querés salir conmigo en el noticiero, yo me abro y nos pillamos después. ¿Tolis?

Y el Loco de los Cincos se fue silbando calle abajo con su pañito rojo en la mano, y con el pucho de la vida apretado entre los labios, y cuando llegó a la esquina de la frutera, levantó el pulgar en dirección a la estatua de Carlitos el solitario, y le gritó con alegría que lo quisiera pa´ siempre así, piantao, piantao, piantao.


Son las cinco de la mañana de cualquier día, y el Loco de los Cincos no apareció para hablar con Carlitos.

Seis de la mañana del mismo día.
La radio está anunciado en su segmento de noticias de última hora, que en la madrugada de hoy durante una batida de orates e indigentes que realizaban las autoridades con el ánimo de mantener limpios los lugares turísticos de la ciudad de Medellín durante el festival de tango, un hombre al que le decían el Loco de los Cincos se había subido a la parte más alta del Edificio de los Espejos para que no lo atraparan, y que después de muchos intentos de persuasión por parte de los bomberos voluntarios y de la policía, se había arrojado desde una cornisa con una banderita de taxi libre levantada en cada una de sus manos, y gritando que lo dejaran tranquilo, que solo quería atrapar una golondrina para llevársela a Charlie el solitario una madrugada de festival.


Luis Carlos Bonilla Sandoval (Medellín, junio 19 de 2008)
Fotografias: Luis Carlos Bonilla Sandoval

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