lunes, 3 de noviembre de 2008

EL PELEADOR CALLEJERO





Siento una voz que me dice, agúzate, que te están velando.
Siento una voz que me dice, agáchate que te están tirando.
Y yo pasaría de tonto si no supiera, que uno tiene que estar mosca por donde quiera, y es por eso que yo digo de esta manera, que este individuo no sabe en que se metió….

(Agúzate/Ricardo Ray & Bobby Cruz)


“Esperando que pare de llover para tirarme a la calle, porque cuando el agua cae, no se queda seco nadie, y no me voy a mojar, porque se me daña el pelo. Así decía Marcelo, pero hablando sin pensar, que no se puede dañar lo que nunca ha sido bueno. Ponte el sombrero, busca una capa, que del agua nadie se escapa”.


Esta estrofa de una canción del Cheo Feliciano que se llama Si por mi llueve, la cantaba con mi amigo el Monsi cuando íbamos a salir de boronda por el barrio en la época en la que vivíamos felices sin tener nada, y cuando jugábamos fútbol en la canchita.

Hoy, paralelo treinta y ocho en esta nueva esquina de Calle Luna y Calle Sol, le puedo decir que todavía conservo la fe del niño, pero tengo la sorpresa de la serpiente, y esto lo aprendí en la calle cuando me tocó salir a rebuscarme la vida después de que todos mis amigos se murieron por andar en caminos culebreros. Es que “La calle es una selva de cemento, y de fieras salvajes, cómo no”, y esto se lo he escuchado a mi hermano cuando se está bañando para salir por ahí, y cuando le pregunto que quién lo canta, él me dice que “El hombre que de frente parece que está de lado”.

¡Safa jirafa! Desde la esquina en la que antes me reunía con mis amigos a contar películas y a bataniar, comencé a ver cambios en este lado de la ciudad, y mi consuelo es que me dicen que también en el resto del mundo, en otras ciudades, están pasando cosas que ni me alcanzo a imaginar. Casi todos mis buenos recuerdos se me están borrando, y desde este lugar en el que ahora me encuentro todo Solano Patiño, para no decir amurao como lo dicen los chicos malos, estoy aprendiendo a ver con otros ojos cómo pasa la vida en esta ciudad tan llena de compromisos difíciles de cumplir.

Es cierto. En la época en la que teníamos en la casa un televisor en blanco y negro que conseguimos en una prendería, el guaguancó y el saoco que vivíamos, era mejor que lo que se respira ahora. En ocasiones debido al agite y al bugalú de la cuadra, siento temores y pienso en lo que podría suceder si mi mamá se queda toda solita, aunque muchos aseguran que aquí en el barrio pueden pasar cosas malas, pero como yo soy de los últimos duros de la calle, un Street figthing mancomo dicen los Rolling Stones, a mí no me va a pasar nada. El cuento todavía me lo creo, aunque después de haber andado en tanta esquina correteando tanta hembra, enredado en mil problemas, y haber peleado con galladas completas, me estoy sintiendo cansado con la chapa. Creo que ya es hora de que me convierta en la tranquilidad en pasta, pero si lo hago, debo hacerlo de a poquito, no lo puedo hacer de una, pues hay mucha gente que espera verme patinar para dar el zarpazo, y si me descuido, me van a dar en la chola un sartenazo, y soy hombre muerto. Aquí donde usted me ve, camará, soy un hombre decente, así haya tenido una vida azarosa con muchos momentos tristes.

¿Que si alguno en especial?
Pues claro. Uno muy exclusivo que me sucedió un 24 de diciembre cuando andaba de con unos amigos del barrio en un centro comercial de lujo, y unos manes nos gritaron, “Cuidado que allá vienen los anormales”. Recuerdo que toda la gente, hasta los vigilantes y los tombos, se pusieron moscas y corrieron hasta donde estábamos nosotros para patiarnos pensando que íbamos a bajar de pinta a la gente. Pero no, que va. Solamente queríamos mirar las vitrinas, soñar con las zapatillas de marca y las cachuchas de los Yankees, y claro, escuchar aunque fuera desde la puerta de los almacenes de discos, la música que estuvieran colocando en las cabinas para saber si la de estos lados de la ciudad, era la misma que se oía por las calles del barrio.


A mi lo único que me gustó de ese día, fue el nombre que nos pusieron: “Los anormales”, ¿Y sabe por qué?, pues porque esa era una de las frases de batalla que repetía Héctor Lavoe en los conciertos con la Fania All Star. A partir de ese día nos empezamos a llamar los Anormales, pero sólo por hacerle un homenaje al Cantante de los Cantantes, y para que no se nos olvidara, que por allá no debíamos volver. Desde ese diciembre hasta la fecha, te conozco bacalao aunque vengas disfrazado, manejo mi swing con suavidad, y no me acelero para nada, ni siquiera cuando corto el frío de la noche con un cuchillo

Recuerdo que mucho antes de ser lo que ahora soy, mi mamá, cuando yo llegaba todo sudado de jugar fútbol en la cuadra de abajo, después de haber salido del colegio, me decía que me cuidara mucho, que hiciera siempre las tareas, que no anduviera en malos pasos, y para protegerme y para que recordara sus palabras, me daba besitos y me echaba bendiciones antes de acostarme.

Un día cualquiera, viendo que mis amigos tenían escapularios y yo no, le dije a mi mamá que me regalara dos:
Uno para amarrármelo en el tobillo por si tenía problemas poder correr y que no me alcanzaran, y otro con la imagen del Milagroso de Buga para colocármelo en la muñeca de la mano izquierda, para poder pegar bien duro y donde debe ser para que no vuelva a salir pelo. ¿Qué si me han servido los escapularios?
¡Claro que si, y mucho! Hasta ahora siempre he llegado a la casa.

Cuando empecé a apartarme de lo que me enseñó mi mamá, la vida me la montó de una, pues comenzó a no tener consideración conmigo, y es por eso que tuve que aprender a hacerme el ambiente, a matar ratas a bate y tiros, en otras palabras, aprendí que si me toca llevarme a alguien por delante, tengo que hacerlo para poder sobrevivir. Esta es mi segunda religión, la que más practico, y el templo en el que he aprendido todo lo que necesito para poder seguir vivo, es la calle con sus noches oscuras y sus callejones impregnados con el olor que despiden los orines de las bestias enjauladas, y con la saliva que se le cae a la muerte cuando se ríe del que tiene miedo porque sabe que va de este mundo sin despedirse.

A veces tengo un sentimiento raro. Me aparece por las mañanas cuando he llegado tarde a la casa después de andar por ahí con algún parcero. Mi mamá sufre cuando entra a la pieza y no me ve acostado en la cama, y cuando esto sucede, trato de contentarla, pero es difícil para los dos, y lo teso es que quedo muy mal y no me mejoro ni mirando las callecitas a través de la ventana de la pieza que comparto con mí hermano. La sensación la comparo con lo que sentiría después de haberme enfrentado con un man de dos metros, y que conste que yo no le tengo miedo a nadie, ni siquiera a los que mataron al Negro Bembón.

Eso tan raro que siento, al Monsi le dijeron que me lo podía quitar con un bareto, pero prefiero sacudirme viendo peladas por la cuadra, y si las cosas están duras en la calle y con las nenas, pues de una aprieto el escapulario, y para las que sea. Es que le digo una cosa:
Yo me gané bien ganado en el barrio el puesto que tengo apretando los dientes de leche, luego mordiéndome la lengua con los dientes nuevos cuando como chicle, y al final escuchando solamente la voz de mi conciencia, calculando el golpe, o corriendo de tubo pa’ mi casa. Todavía dicen por ahí, que soy el Diferente, el que nació cuando no le tocaba, pero yo, quieto, conmigo no hay cuento, puro Sonido Bestial ahora y siempre, aunque la historia de mi vida sea como una avalancha que no se detiene ni al final de mi Guaguancò triste.

¿Dígame una cosa: A usted le parece justo que hayan matado al Negro bembóm, y todo por un maní? Por ahí dicen que llegó la policía y atraparon al ladrón, pero eso yo no lo sé, y tampoco estoy seguro si Perico era sordo, y si fue por eso que lo mató el tren. Pobre Perico.


Y claro no se lo voy a negar, me gustaría que todo lo que sucede cambiara para mejorar, y sobre todo pienso así, cuando me levanto por las mañanas y puedo subirme a la cama de mi hermano mayor a mirar a través de la única ventana que tenemos en el cuarto. Mirando a través de ella, vuelvo a ser feliz y vuelvo soñar, sobre todo cuando cae lluvia menuda sobre los techos y aparece el arco iris, y es en ese momento cuando los ojos de mi imaginación van más allá de la cuadra en la que se encuentra mi casa y se detienen en la canchita que pintamos en el suelo los de la gallada para poder jugar por las tardes tremendos clásicos entre verdes y rojos después de salir de la escuela.

Recuerdo que en mi época de futbolista nocturno, cuando llegaba a la casa a comer, a hacer las tareas y a alistar la ropa para el otro día, le preguntaba a mi mamá que por qué la vida era tan diferente para todos, y ella sin saber que decir, me sobaba la cabeza y me silabeaba muy apagadito cosas que yo no le entendía, y claro, me quedaba loco, me entristecía en canti, mucho más cuando los ojitos se le llenaban de lágrimas que yo le contaba en silencio cuando caían sobre la almohada, y ella toda valiente, sacando fuerzas de donde no las tenía, me cubría de besitos para que me olvidara del asunto, y para que no quedara bajito de melodía, me daba permiso para ver televisión hasta las nueve de la cheno.

Hoy mientras camino con el pucho de la vida apretado entre los dientes, aprendiendo todo lo bueno y aprendiendo todo lo malo, para que no me llamen gil, he comprendido gracias al Willie Colon, que no es lo mismo tiempo pa’ matar, que matar el tiempo, o lo que es peor, que no es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar.

A mí no se me olvida nada de lo que he aprendido pa sobrevivir, ni siquiera los gritos en japonés que me enseñó el man gordo de la academia Budokán que se hacía la planchita en la peluquería de la esquina cuando se cortaba el pelo. Él me dio mis primeras clases de Judo por la ventana, y yo les aumenté cabezazos, patadas voladoras, golpes con cadena y con el canto de la mano, claro que para esto hay que tener callos como los míos en las dos manos, y tener la capacidad de aplicar la mirada cincuenta y uno, o la setenta y dos que es la más dura de todas. Tengo ciento veintitrés patadas voladoras registradas, y ochenta y cuatro llaves en mi memoria. Soy una máquina de matar. ¿Dígalo viejo man?
Ah, el gordo de la academia también me enseñó a usar zapatillas por si me tocaba salir volao de un peligro que de pronto fuera más grande que las intenciones de quedar bien en mi barrio.
El verano ya está aquí, el tiempo para pelear en las calles es el correcto, “Estos novatos que creen, si este es mi barrio papá”, mi puñal tiene sangre de muchas batallas, tiene problemas solucionados, y claro, también tiene una que otra culebra que quedó viva, y si no me cree, pregúntele a Pedro Navajas, aunque es como difícil pillarlo. Nadie sabe donde está.

Desde esta esquina de la que dicen que está hecha de lápidas y casquillos de balas, puedo decirle que todo cambió, que la gente empezó a estar cada una por su lado con su moda rebuscada, sus carros lujosos, sus bailados raros, su cuento y su bembé sacado de las revistas y de la televisión en colores, pero a pesar de todo esto, yo sigo aquí firme como siempre, sosteniéndole la mirando al que me mira, hablando con el que me habla, alerta para la sambumbia, la salsa del macoró, y el rock de los Stones que no me puede faltar. No tengo trailers para contar mientras cuento películas, tampoco soy puro cuento, y si alguien me pone problemas, le pongo la punta de mi zapatilla en la punta de la nariz, y eso sí, le garantizo caída libre segura y de una para el hospital.
Es que conmigo la cosa es dura. Sigo siendo el Diferente, “el que de frente parece que está de lado, el que respira debajo del agua, y el que toma gasolina” para estar piloso. Por esto es que tengo la piel dura como las piedras, la mirada como el concreto, y gracias a todo lo que me ha pasado, no le tengo miedo a nadie, soy mi propio mayoral, y el que me ponga problemas, conversa con mi puñal, y cuando hay que correr, pues corro.

Por esto te digo mi brother que uno tiene que estar mosca por donde quiera, para que nadie diga “Que ese muchacho no sabe en lo que se metió”. Mejor dicho, como lo dicen Ray Barreto y La CeliaNadie se salva de la rumba, a cualquiera lo llevan a la tumba”, y esto fue lo que le sucedió al pobre “Goyito Sabater”, un hombrecito del barrio que se atrevió a decirle a una mujer ajena cuánto la quería. Una tonta tontería, y como en las películas baratas, el amor, el desprecio y el peligro doblaron por la esquina del callejón, y el “Goyito Sabater” comenzó a diluirse en un mar de dolor y dudas que se mezcló con la sangre que perdió en una calle mocha mientras se moría todo solito.

Yo sé que cuando crezca, si acaso llego a vivir otros años, me voy a tener que encontrar de frente con la pelona, o con el torcido de Juanito Alimaña porque el Cartel seguramente dará la orden de que a mí me toca perder, y si no llego a morir peleando contra ella, o contra la malicia viva de Juanito en alguna calle que no sea la mía, segurito que moriré a manos de los que trafican con una nueva muerte que apareció con su tumbao raro para quedarse gobernando en la selva de cemento, o perseguido lejos de mi casa por unas galladas extrañas que se hacen llamar los nuevos duros, unos manes vestidos con mechas finas, unos marquilleros llenos de alhajas que además utilizan gafas oscuras pa’ que no sepan que están mirando mientras pasan en carros sin placas, muy despacito por la avenida.

Y si me llegan a matar, no podré volver a jugar fútbol en la canchita, ni hacer las tareas con mis lápices de colores, ni a hacer muñecos de plastilina, mi mamá no volverá a darme besitos cuando me vaya a acostar, tampoco podré volver a ver televisión hasta las nueve de la noche, y mucho menos a asomarme por la ventana del cuarto que comparto con mi hermano. Mejor dicho, como lo dijo el Jefe Daniel Santos, ya no habrá quien salga loco de contento con su cargamento para la ciudad, ay, para la ciudad...

Luis Carlos Bonilla Sandoval (Medellín, Marzo 21 de 1999)

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